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El llamado a veces no es claro y uno puede confundir las palabras y su procedencia, como le sucedió a Samuel. No se daba cuenta de quién le llamaba, pero sí tenía la disponibilidad necesaria para la escucha y la disposición debida para el servicio: acudía al lado del anciano Elí pensando que era él quien lo necesitaba, y él le ayudó a discernir el llamado de Dios.

Nosotros, cristianos de la Prelatura de Cafayate, hoy, usted y yo, ¿vivimos atentos a la Palabra de Dios? ¿Frecuentamos su escucha? ¿Le prestamos atención cuando la oímos? ¿Estamos dispuestos a ponerle no sólo oído, sino «corazón», cuando nos habla? ¿Estamos atentos al paso de Jesús? ¿Habrá pasado ya varias veces y no nos habremos dado cuenta? ¿Cuáles son las palabras y las presencias que atraen mi atención?

Jesús se dirige también a nosotros, que vamos en pos de Él, y nos pregunta: «¿Qué quieren?» El seguimiento de Cristo no es cualquier cosa. No es una bella teoría, no es un hermoso discurso, no es un reclamo publicitario. Es un llamado personal. Ir con Jesús no es anotarse a un club, no se entra en su escuela
pagando una cuota, no consiste en inscribirse en un partido cuyos ideales atraen o cuyas conquistas interesan. No se consigue comprando un carné ni inscribiéndose en un registro.

«¿Qué quieren?», pregunta Jesús. ¿Atenerse a unas normas que aprendieron hace tiempo y transgreden con frecuencia? ¿Conseguir tranquilidad de conciencia? ¿Ser tenidos por buenos? ¿Alcanzar éxito? ¿Que todo les sea favorable? ¿Pasarla bien? ¿Ser considerados más?
«¿Qué quieren?», pregunta Jesús. Y si respondemos como los discípulos de Juan el Bautista, Él dirá: «Vengan y lo verán». Ser cristiano no es la consecución de un título como mérito de unos conocimientos. Tampoco es un estatus social. Es un encuentro con Jesús de Nazaret, quien nos revela lo que somos: hijos de Dios, en
muchas ocasiones extraviados por los caminos de la vida, sin darnos cuenta que Él pasa con frecuencia delante de nosotros ¡buscándonos! Esto lo había aprendido muy bien san Pablo: no es Pablo quien se ha
posesionado de Cristo, sino Cristo de Pablo (cf. Gálatas 2, 20). Por eso es tan importante la hora, el momento en que Jesús pasa y se queda en nuestra vida.
«Eran alrededor de las cuatro de la tarde». ¿Cuál habrá sido, estará siendo o será la hora para mí?
Quizá esta sea nuestra hora, no la dejemos pasar. Hora de decidirnos a estar con Jesús para siempre, en cualquier momento y circunstancia, también en el camino de la cruz. Y discernir nuestro lugar en su Iglesia, en la comunidad de fe que lo sigue y lo anuncia, que nos hace discípulos misioneros, enviados,
apóstoles. Para que se haga realidad en nosotros su promesa: «Como el Padre me amó, también yo los he amado a ustedes. Permanezcan en mi amor» (Juan 15, 9).