Ser cristiano es una vocación

 

“Recibieron a Cristo mientras entraba a la ciudad con palmas y ramos en muestra de que era el Mesías” Cuando llegaba a Jerusalén para celebrar la pascua, Jesús les pidió a sus discípulos traer un burrito y lo montó. Antes de entrar en Jerusalén, la gente tendía sus mantos por el camino y otros cortaban ramas de árboles alfombrando el paso, tal como acostumbraban saludar a los reyes. Los que iban delante y detrás de Jesús gritaban: “¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!” Hoy, Domingo de Ramos, celebramos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. En este día damos inicio a la Semana de la Pasión del Señor.

Los ramos bendecidos recuerdan las palmas y ramos de olivo que los habitantes de Jerusalén batían y colocaban al paso de Jesús, cuando lo aclamaban como Rey y como el venido en nombre del Señor. Nuestras palmas simbolizan que proclamamos a Jesús como Rey de Cielos y Tierra, pero -sobre todo- que lo proclamemos como Rey de nuestro corazón. ¡Jesús, Rey y Dueño de nuestra vida! Sin embargo, si bien con los ramos benditos hemos aclamado a Cristo como Rey, las lecturas de la Misa de hoy son todas referidas a la Pasión y Muerte de nuestro Señor Jesucristo. La Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 50, 4-7) nos anuncia cómo iba a ser la actitud de Jesús ante las afrentas y los sufrimientos de su Pasión: “No he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.” En el Salmo (Sal. 21) repetiremos las palabras de Cristo en la cruz, justo antes de expirar: Dios mío, Dios mío. ¿Por qué me has abandonado? … Jesús cargó con todo el peso de nuestros pecados, al punto de sentir el abandono de Dios en que nos encontramos nosotros también cuando pecamos y damos la espalda a Dios. Nunca, salvo en su entrada triunfal a Jerusalén, Jesús quiso dejarse tratar como Rey … Siempre lo evitó … Como nos dice San Pablo en la Segunda Lectura (Flp. 2, 6-11): Cristo nunca hizo alarde de su categoría de Dios, sino que más bien se humilló hasta parecer uno de nosotros. Y -como si fuera poco- se dejó matar como un malhechor. La lectura de la Pasión nos invita en este Domingo de Ramos, inicio de la Semana Santa, a acompañar a Jesús en su sufrimiento, en las torturas a las que fue sometido, para darle gracias por redimirnos, por rescatarnos, por salvarnos y abrirnos las puertas del Cielo. ¿Qué puede significar esto en nuestras vidas? Es una oportunidad para proclamar a Jesús como el rey y centro de nuestras vidas. Debemos parecernos a esa gente de Jerusalén que se entusiasmó por seguir a Cristo. Decir “que viva mi Cristo, que viva mi rey…” Es un día en el que le podemos decir a Cristo que nosotros también queremos seguirlo, ser cristianos, aunque tengamos que sufrir o morir por Él. Que queremos que sea el rey de nuestra vida, de nuestra familia, de nuestra patria y del mundo entero. Queremos que sea nuestro amigo en todos los momentos de nuestra vida. Nuestra vocación cristiana: Seguir a Jesucristo. En los Evangelios aparece claramente cómo Jesús eligió y llamó a sus discípulos; a partir de ese inicio, la Iglesia comprendió que ser cristiano es una vocación. No sé, si como fieles cristianos, consideremos como una vocación el hecho de haber recibido el bautismo y de estar incorporados a la totalidad a la vez sobrenatural y visible de la Iglesia Católica; el llamarnos cristianos es decir seguidores de Cristo. Nuestra vocación cristiana se fortalecerá en cuanto la asumamos consciente y decididamente y se refleje en la vida.

Debemos acostumbrarnos a tener en cuenta y presente siempre este carácter grandioso y misterioso de nuestra vocación. No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los puse para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero (Jn. 15,16). Estas palabras fueron dirigidas por Jesús a los apóstoles durante la Última Cena, pero valen también para cada uno de nosotros: la elección es inseparable de la vocación y ésta de la misión. Los puse dice literalmente el texto evangélico. El Señor nos puso en el mundo para ser sus discípulos y testigos; un lugar, un puesto del que no debemos desertar. Nunca fue fácil ser cristiano. Si leemos atentamente las cartas de los Apóstoles podemos notar una semejanza muy marcada entre la situación de las primeras comunidades cristianas y la que vive hoy la Iglesia, tan asediada por una cultura descristianizada y en buena medida inhumana, que como ocurría en la antigüedad se infiltra en la mentalidad de los cristianos. En un pasaje del Evangelio de Juan, Jesús a sus apóstoles les decía: “Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia.” (Jn. 15,19). Es inevitable: un cristiano en verdad, merece el odio del mundo, porque no pertenece a él. Esto quiere decir que nuestra vocación cristiana nos exige superar la vergüenza y el temor de aparecer distintos. ¡Lo somos, y en eso consiste precisamente la vocación recibida, reconocida y ejercida!. Esta postura requiere que en nuestra vida interior cultivemos la gracia bautismal fortaleciendo la fe que recibimos. San Juan Pablo II escribió en su carta apostólica (NMI): Importa que lo que nos proponemos, con la ayuda de Dios, esté profundamente arraigado en la contemplación y en la oración. Y esto es real: nada en el cristiano es hecho sin tener en cuenta en su vida la presencia de Dios y sin invocar el nombre del Señor. También JPII decía: Nuestra época es una época de movimiento continuo, que a menudo llega al activismo, con el riesgo fácil de hacer por hacer. El signo del activismo es que emulamos siempre para justificarse con el ¡no tengo tiempo! y así entonces faltamos a cosas fundamentales en nuestra vida. Por hacer dejamos de ser. Sería bueno que en el hacer miremos lo que dejé de ser; para restituir en nosotros el ser porque solo desde el ser se puede hacer. Por ejemplo un papa y mama a veces falta en las cosas de su deber y en la familia y como pareja porque justo hay cosas que hacer y a veces nosotros mismos dejamos cosas sustanciales en nuestra vida, como ser dejar de rezar porque tengo algo que hacer. El hacer a anulado en nosotros el ser. Cuando en realidad nos debemos construir desde nuestro ser para hacer. El hacer es consecuencia del ser. JPII frente a este activismo aconsejaba: Es necesario resistir a esta tentación buscando “ser” antes que “hacer”. Que al iniciar esta semana santa al haber aclamado a Jesús como nuestro Salvador ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! nos propongamos a reconocer nuestro ser, reconociendo nuestra verdadera vocación; la de ser cristianos (seguidores de cristo) para hacer cosas y vivir como cristianos.

P. Luis López

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