¿Qué es la Religión ¿Quién es religioso?

«La Religión no consiste en fórmulas exteriores, en prácticas casi mecánicas, en palabras cuyo sentido se ignora o se olvida, en preceptos que verbalmente se repiten, pero que prácticamente se quebrantan. La religión es una cosa íntima, que arranca de lo más profundo de nuestro corazón y de lo más elevado de nuestra inteligencia; que tiene manifestaciones exteriores, como señales de lo que en el interior existe, no para suplirlo; palabras para comunicar con los otros hombres, que elevan el alma a Dios, a fin de fortificarse en esta comunión y también para procurarla.

La religión no es precepto que se invoca cuando conviene, sino que se practica siempre; es la aspiración a perfeccionarse, es la Justicia, es el Amor, es la unión íntima con el espíritu de Dios, que le eleva y le sostiene en la desgracia y en la prosperidad.


El hombre no es religioso como es militar o empleado, ni puede echar la llave a su conciencia como a su pupitre. Hay quien va a la iglesia, reza una oración y dice: he cumplido mis deberes religiosos. Después se ocupa en su profesión, en su oficio o en nada. Fuera del templo, o concluida la plegaria doméstica, la Religión no interviene en su trabajo ni en sus ocios. ¿Por qué? Porque no es verdadera. La verdadera Religión acompaña al hombre a todas partes, como su inteligencia y su conciencia, penetra toda su vida e influye en todos sus actos.
Sus deberes religiosos no los cumple por la mañana, por la tarde o por la noche, sino todo el día, a toda hora, en toda ocasión, porque toda obra del hombre debe ser un acto religioso, en cuanto debe estar conforme con la ley de Dios. Hay religión en el trabajo que se realiza, en el deber que se cumple, en la ofensa que se perdona, en el error que se rectifica, en la debilidad que se conforta, en el dolor que se consuela; y hay impiedad en todo vicio, en toda injusticia, en todo rencor, en toda venganza, en todo mal que se hace o que se desea. La religión no consiste sólo en confesar artículos de fe y practicar ceremonias de culto, infringiendo la ley de Dios. Al hombre religioso no le basta ir al templo: es necesario que lleve altar en su corazón, y allí, en lo íntimo, en lo escondido, ofrezca sus obras a Dios, como homenaje, no como una profanación y un insulto. Cuando llega la noche y examina en su conciencia cómo ha empleado el día, si no ha evitado todo el mal que en su mano estaba evitar, si no ha hecho todo el bien que pudo hacer, no puede decir con verdad he cumplido mis deberes
religiosos…
¿Dónde están las obras de esa fe? Jesucristo ha dicho: El árbol se conoce or
sus frutos. ¿Cuál es el de ese árbol que parece vivo porque está en pié, que
parece muerto porque no da fruto? ¿Cuál es el de esa religión que llena
simultáneamente los templos, las orgías, las casas de expósitos, de juego, de prostitución, los presidios, y las calles y las plazas de gente que debería estar en ellos? La corrupción de las costumbres llega al punto de que la
deshonestidad no escandaliza; la desenfrenada afición al juego, en vez de perseguirse, se explota; la vanidad despliega su lujo ante la miseria sin ningún miramiento; el egoísmo, bajo todas sus formas, se ostenta del modo más cínico; la usura es tan general, que el usurero no atrae sobre sí el desprecio que merece, ni aun se llama por su nombre; la apropiación de lo ajeno es tan general, que se hace impunemente si se trata de la hacienda pública, y de la privada muchas veces, y lejos de señalarse con el dedo los que se enriquecen contra conciencia, se notan los que la tienen porque son muy raros y si no se desdeñan, no se respetan tampoco.
Es tan crecido el número de los que se enriquecen pecando, que la opinión pública, lejos de lanzarles su anatema, los tolera y aun los aplaude, mirando a los hombres de conciencia y de honor con una extrañeza en que no se sabe si hay más desdén que respeto. La honra y la vida no se respetan más que la hacienda, y la procacidad en el hablar se iguala a la cruel prontitud en el herir.
Tanto vicio y tanto crimen, la timidez apática del bien, la insolente audacia del mal, la virtud que no se honra, la perversidad que no se anatematiza, el dolor que no se compadece, las costumbres babilónicas, todo, en fin, ¿no está diciendo que no se comprende o no se practica la religión de Jesucristo, y que no se adora a Dios en espíritu y en verdad?»

Concepción ARENAL (1820-1893],
La cuestión social: cartas a un señor [1875],
Editorial Vizcaína, Bilbao 1908, pp. 28-29.

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