Logo 50 años Prelatura

Con motivo del Jubileo de la Prelatura de Cafayate en el Quincuajésimo Aniversario de su constitución, se ha propuesto la visita de la imagen de nuestra patrona a todas las parroquias que componen este Obispado.
Nuestra Parroquia de San Carlos Borromeo la recibirá, si Dios quiere el próximo Domingo 10 de Marzo.

Para tal ocasión presentamos este logo conmemorativo, cuya explicación realizaremos a continuación.

El número y los colores
Los colores quieren ser brillantes y festivos, pues el Año Jubilar es alegría y júbilo ya que se trata de un tiempo de especial misericordia y perdón de parte de Dios, para que también haya diálogo y reconciliación entre nosotros.
El número 50 refiere al cincuentenario de la creación de nuestra Prelatura, efectuada por el Papa Pablo VI el 8 de Septiembre de  1969 con la Bula Preclarissima Exempla. Los colores de los números son los del hábito de la Virgen del Rosario, la Sentadita, patrona de toda esta Iglesia local que peregrina en el Valle Calchaquí. La misma se encuentra constituída por las parroquias de Molinos, San Carlos, Cafayate, Colalao del Valle, Amaicha del Valle, Santa María, San José y Antofagasta de la Sierra.

La Campana
La campana hace referencia al llamado de Dios para celebrar este tiempo agradeciéndole todo lo que ha realizado entre nosotros. Es también símbolo de la voz de nuestra conciencia comunitaria que nos llama a reconocer nuestras fragilidades y pecados. Es una alarma para despertarnos o desperezarnos de nuestras comodidades y acostumbramientos en la tarea evangelizadora y en la vivencia de nuestra religiosidad. Es la señal de que la lucha por el Reino de Dios no ha terminado y hay que librar todas las rondas hasta el final.
Esta campana alude a la llamada a la Misa, ya que en la mayoría de nuestras comunidades se recurre a ella o a algún elemento sucedáneo para convocar a la gente. En la Misa, se ofrece la Persona viva de Cristo, presente en el Pan y el Vino Consagrados, al igual que en su Palabra proclamada y en la comunidad reunida bajo el servicio de un ministro del altar. La Eucaristía, principalmente la Dominical, es fuente y cúspide de toda vida cristiana, fuente de fortaleza y consuelo, encuentro y reencuentro en el que nuestra vocación de anunciadores del Evangelio se revitaliza.
El Rosario abierto
Las cuentas del Rosario hacen referencia al Patronato de la Virgen, como ya lo dijimos. Sin embargo, también se refiere a esta oración como tal, oración mariana, recomendada continuamente por la Madre de Jesús y por su Iglesia.
En el dibujo el Rosario aparece incompleto, para dar a entender en primer lugar que es una oración que no está terminada y por lo tanto siempre debe rezarse. En segundo lugar que cualquiera de nosotros puede enganchar con ella siempre. Este Rosario abierto quiere también manifestar que nuestra Iglesia particular, no puede ser nunca cerrada, ni elitista, ni separatista, sino todo lo contrario.
La oración del Rosario es un resumen del Evangelio, en el que estamos invitados a contemplar los hechos de la vida de Jesús y su Iglesia con la mirada de María, para que desde allí imploremos la gracia de dilucidar lo que Dios nos pide en nuestras vidas.
Esta oración es también una manifestación típica de nuestra piedad popular que ha alimentado la fe de nuestros mayores desde los albores de la evangelización en nuestra tierra calchaquina y en muchas otras tierras del mundo y de la historia.
La Cruz  de Cristo en el cerro y nuestras cruces.
El Rosario presta su cruz a la sima de un cerro. La cruz en los cerros es un elemento paisajístico cultural muy característico de nuestros parajes, razón por la cual también forma parte del elenco de elementos de nuestra religiosidad popular. Puesta en lugares elevados es una plegaria que pide a Dios protección para un poblado determinado. Es meta de peregrinaciones, generalmente asociadas con la exaltación de la Cruz, Semana Santa o Cuaresma, o simplemente está ahí como recordatorio y testigo de la fe de la gente. Para muchos esas cruces también tienen el sentido práctico de orientar en el lugar. La riqueza de la Cruz como orientadora es tan rico que pretender desglosarlo le quitaría toda su belleza.
En las últimas décadas esas cruces de los cerros y caminos también han sido objeto de crítica y ataque por algunos que no comparten nuestra fe católica. Frente a actitudes y palabras hostiles, esas cruces siguen allí humildes, asoladas, en silencio, sin defenderse, sin contratacar, sin replegarse, sin esconderse. Están allí, expuestas al martirio, porque la vocación de todo cristiano, contiene en sí la posibilidad del martirio (Cfr. Mt 16,24-18; Mc 8, 34-38; Lc 9, 23-27)
En efecto, Cristo en la Cruz no es un triunfador, sino un mártir; es decir un testigo del amor misericordioso de Dios que busca a la oveja perdida hasta encontrarla (Cfr. Lc 15, 4). No es la Cruz de un fracasado, porque en ella se produce el reencuentro entre el Padre de Misericordia que otorga vida y los hijos pródigos, descarriados y muertos (Cfr. Lc 15, 11-31).
No es la Cruz de un Dios muerto, porque es la Cruz del Resucitado; de aquel que vence a la muerte no negándola, sino asumiéndola y transformándola en un abrazo con el Creador. Las cruces de nuestros cerros son el testimonio de quien ha pasado por la muerte sin quedar muerto, para que nosotros tampoco permanezcamos muertos, sino que resucitemos con Él y, con Él, estemos vivos para siempre (Cfr. Rom 14, 8-9; II Tim 2, 2-12).
Es probable que esta costumbre de entronizar la Cruz en la cúspide de los cerros esté asociada a una religiosidad anterior al Evangelio. De hecho, relacionar lo alto de las montañas con lo divino es algo arraigado en casi todas las culturas, no sólo en la americana precolombina. Este hecho, abre a la ligazón, que nuestros antepasados realizaron entre sus religiones y el cristianismo (notemos que una de las acepciones de la palabra religión proviene de re-ligar aquello que está des-ligado). Podemos descubrir en aquellas cruces el proceso de armonización entre aquellas primeras concepciones religiosas con la revelación del Cristo que redime ensangrentado en la Cruz. Las montañas de la Pachamama, bien son una Semilla del Verbo que cintonizó en su momento con el anuncio de Cristo Hijo de Dios.
El Crucificado y su Madre han sido siempre muy fuertes en la espiritualidad de Latinoamérica, porque en ellos han visto los primeros evangelizados la redención de sus dolores y postergaciones. Dolores y postergaciones que hoy en día, nosotros evangelizados y evangelizadores del Siglo XXI, vemos que se siguen realizando social, política y económicamente, por poderes que hace mucho que ya no están ligados a una corona dinástica de Europa.

La redención de Cristo que nos llega en la dulzura de los brazos de su Madre constituye nuestra esperanza de superar las injusticias que solapada o violentamente atentan contra los más pobres. Esperanza que es capaz de sostener en las largas luchas por la reivindicación de la dignidad humana de las mujeres y los hombres que son descartados descaradamente. Esperanza que nos sostiene, porque sabemos que más allá de que los reclamos sean atendidos y las estructuras sean remodeladas, o no, tenemos nuestra vista en el Reino de Dios, hacia donde se encaminan todos los que trabajan por la paz, los que tienen hambre y sed de justicia (Cfr. Mt 5,6. 9).

Las Escalinatas

Desde la Cruz del cerro desciende una escalinata que viene a recordarnos que el Hijo de Dios se ha abajado a nuestra condición humana (Cfr. Fil 2,6). Su persona, su mensaje no es una filosofía inalcanzable, una ciencia oculta exclusiva de algunos espíritus, inteligencias, razas o grupos de gente superior. Ninguno de nosotros ha de hacer el esfuerzo de tener que subir para encontrarlo (Cfr Deut 30, 11-14; Rom 10, 5-13). Es Él quien viene a nuestro encuentro (Jn 1, 14), bajando a nuestro Valle a acompañarnos y a conversar con nosotros en las situaciones concretas de nuestros pueblos y personas, incluso cuando muchas veces se nos haga difícil percibirlo (Cfr. Lc 24, 13-35).

Nuestra Iglesia en estos Valles Calchaquíes en su tarea de Nueva Evangelización debe también seguir los pasos descendentes de su Único Maestro. Ofrecer una predicación acorde a los signos de los tiempos, a las situaciones y cultura de la gente, de tal forma que la Palabra sea puesta en práctica sin reducirse a un ejercicio de impecable oratoria. Sin desfigurarla en una falsa espiritualidad, en un escapismo hacia una intimidad desgajada del mundo y del dolor del otro. Ese otro que se transforma en mensaje vivo de Dios para mí y requiere una respuesta ( Mt 25, 37-46; Lc 10, 29-37)

Pero la escalinata es también camino de ascenso. No una subida al Cielo hecha con nuestras solas fuerzas naturales, sino realizada en los brazos todopoderosos de Aquél que ha bajado a rescatarnos del mal (Jn 3, 13-17; Ef  4, 7-8). Ahora bien, ese rescate no es sólo sobrenatural, sino que también implica nuestra situación histórica y terrena, por eso el ascenso de que hablamos tiene que ver con el reconocimiento de la propia dignidad humana.

El mensaje del Evangelio también procura que nos percatemos de ella y de la de los demás. De allí que la tarea eclesial del anuncio del Reino lleve al compromiso con la promoción social. La Iglesia ha de procurar sumarse a ella, como quien responde a las obras de Misericordia y no como un mero actor económico, porque la dignidad humana no tiene parámetros monetarios, ni se agota en acceso a tecnologías en boga.

De hecho, lo más alto de la dignidad humana se encuentra en que cada persona forma parte del Plan de Dios y es amada por Él,
al punto de haber sido llamado a la existencia. Esta dignidad también nace del deseo y capacidad de concebir la verdad, procurar el bien, construir sociedades cada vez más justas, de expresar a través del arte la belleza de la creación y del propio espíritu humano. En ese contexto el bienestar económico y el uso de tecnología alcanza su finalidad constructiva y propiamente humana; fuera de ese humus, todo es humo. Subrayemos: la promoción social que viene anexa a la predicación evangélica es potenciar todo aquello que manifiesta y desarrolla la dignidad de las mujeres y de los hombres y ese sentido de ascención es el que se expresa también en las escalinatas del logo.

Estas escalas vistas como una subida tienen como meta la misma Cruz de Jesús, porque es en su Persona en la que lo humano muestra su más alta expresión y es el ideal que lleva a cada persona a empoderarse de la historia propia y comunitaria.

La frase
La leyenda que se encuentra al pie del logo, tiene que ver con lo último que acabamos de expresar y está inspirada en la carta de convocación al Jubileo de la Prelatura, realizada por nuestro Obispo, fechada el 15 de Febrero de 2018:
Que la verdad brille, la justicia se concretice y el amor se difunda en nuestro valle.

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