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Cuando se integran mundos superpuestos

Por: P. José Demetrio Jiménez OSA

La Iglesia de Jesucristo es “católica”, universal. Reconoce e integra las “semillas de la Palabra” presentes en las tradiciones culturales. Cultiva, no arranca; cuida, no destruye; acepta los dones recibidos en cualquier lugar -sea cual fuere su procedencia- como un “culto agradable a Dios”.

El discípulo de Jesús reconoce la presencia de Dios en las culturas: en las personas, las costumbres, los lugares. La “religiosidad popular” es, quizá, su realidad más patente y su desafío más relevante.

Por lo general, en la Argentina, particularmente en el Noroeste, la experiencia religiosa popular está mediatizada por los “santitos”. Es frecuente encontrar en las casas la “pieza de los santitos”, con un “altarcito” repleto de imágenes y estampas de Jesucristo, la Virgen, algún santo, la Sagrada Familia, etc. Se intercalan también personajes relevantes fallecidos, “canonizaciones populares” como la difunta Correa y el Gauchito Gil, también Evita y Perón, la cantante Gilda, el cuartetero Rodrigo.

Vivir es peregrinar

La religiosidad popular reconoce lugares peculiares en los que la naturaleza manifiesta una particular vitalidad, como si en ellos se regenerara la vida. Las “peregrinaciones” son un modo de integrarlos. Puede ser como en el caso de san Roque, en la localidad de San José (Dpto. Santa María, provincia de Catamarca); el regreso periódico al lugar donde fue encontrada su imagen y estuvo sus primeros tiempos. “Aquí vivió antes san Roquito”, dice la gente del lugar. Porque san Roquito (imagen de bronce de 8 cm de altura) fue hallado en una zona serrana donde se trabajaba la minería, y el santito es la imagen de un minero con su barreno y un perro.

El camino hacia los lugares de peregrinación suele ser dificultoso: varios días por parajes inhóspitos, en tránsito hacia un centro regenerador, en una especie de búsqueda de lo permanente que sustenta lo transitorio, el paso de lo caduco a lo consistente, de la existencia mortecina a la vida renovada. Puede ser un lugar donde se encuentra un ojo de agua, o un lago, o un cerro rico en minerales…

Peregrinar es un acontecimiento terapéutico, tanto desde el punto de vista ético como biológico: se peregrina para regenerar la languidez de la existencia, y esto es un hecho religioso, porque une la existencia precaria del peregrino con las raíces de la vida.

La vida es sagrada

La vida no tiene sólo que ver con los hombres, sino también con la flora y la fauna, las plantas y los animales. La gente confiesa como pecado haber “renegado” con los animalitos y no cuidar debidamente las “plantitas”. La tierra es sagrada en todas sus dimensiones: de ella dependemos y en ella somos. Es nuestra Madre Tierra quien hace posible que la vida se sostenga.

Las promesas (exvotos) son un modo de reconocer el orden sagrado de la vida: con ella no podemos hacer lo que nos parezca. Puesto que no siempre la respetamos, es necesaria la peregrinación penitencial a los santuarios o lugares sagrados, donde llevamos nuestra ofrenda. El peregrinaje tiene un sentido sacrificial: bien expiatorio de alguna falta o error, bien suplicatorio de alguna gracia. Es necesario confesar los pecados, porque en alguna medida somos responsables del desgaste de la vida. Por eso no solamente son pecados los actos malos voluntarios y libres, sino también los inconscientes, que pueden quebrantar el orden y causar perjuicio. De ahí que la gente necesite confesarse también de éstos. “¿Quién puede discernir sus propios errores? Absuélveme de los que me son ocultos”, reza el Salmo 19, 12.

El peregrino es a la vez promesante agradecido y penitente arrepentido. Quienes peregrinan se van deteniendo en lugares concretos para rezar y depositar ofrendas. Con frecuencia estas etapas se hallan asociadas con las “apachetas”, cúmulos de piedras ubicados en las abras de los caminos serranos, vestigio ancestral de la ofrenda a Pachamama, donde los devotos hacen su ofrenda a la Madre Tierra con coca y algún licor, depositando a su lado los “misachicos” que trasladan de un lado a otro. Los misachicos son anditas sobre las que los peregrinos -parientes y vecinos de un paraje- transportan sus santitos desde la casa hasta el lugar donde un sacerdote pueda oficiar una misa en acción de gracias, en rogación, en memoria de los difuntos (“almitas”).

Lo nuevo y lo antiguo

Con frecuencia los santitos son prolongación de formas ancestrales, previas a la llegada de la fe cristiana, devociones “cargadas de memoria y de afectos”, como señala su denominación en diminutivo. El pueblo cuenta milagros y se prodigan estampas, imágenes y medallas.

Son, entre otras cosas, la incorporación de la identidad aborigen a la propuesta evangélica y el enriquecimiento de la experiencia de fe cristiana con las tradiciones de los pueblos. Los santitos están unidos en muchas ocasiones a las fiestas de la naturaleza, es decir, a los ciclos ecológicos: san Antonio de Padua protege a las ovejas, san Juan Bautista a los corderos, Santiago a los caballos, san Roque a los perros, san Bartolomé a las cabras, san Ramón a los burros, san Marcos a las vacas, san Lucas a los terneros. Pachamama se mestiza con el rostro maternal de María y la luz solar con Jesús, sol de justicia.

La religiosidad popular integra en un “nosotros de fe” mundos que parecen superpuestos, a veces contradictorios. Y es éste un valor verdaderamente evangélico. Porque quien vive en un contexto plural de tradiciones y se ha “convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo antiguo” (Mateo 13, 52).